Distopía en clave de grises
Sin spoilers
Cuántas veces habremos dicho aquello de que, a falta de medios abundantes, hay que estrujarse la mollera y diseñar guiones cuya originalidad sobresalga por los cuatro costados. No es el caso de Vulcania, que toma una idea y la estira de forma insistente sin sustancia alguna.
La historia nos lleva a una pequeña comunidad industrial donde nada es lo que parece. Se trata de una comunidad hermética, sin vínculo con el mundo exterior, cuyos habitantes viven de la extracción y la explotación del acero. Jonás, que acaba de perder a su familia en un misterioso accidente, comienza a trabajar en la fundición del pueblo. Allí conoce a Marta, que también ha enviudado tras el dramático accidente.
La crítica social y política es evidente, pero no queda en nada, y quizá lo que más pueda afectar a un film de estas características es que las interpretaciones sean terribles, de la primera a la última, aunque el fallo principal provenga de errores de bulto en el casting. Los 90 minutos de metraje se pueden ver sin mayores problemas, a pesar de que sepamos lo que va a pasar en cada momento y, en ocasiones, el espectador se ruborice por la ingenuidad de la cinta. Menos da una piedra.
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