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9,2

Out of Time

16 sep 2019

Quentin Tarantino está enamorado del cine y nunca ha desaprovechado ocasión para mostrarlo. Ya sea en forma de blaxploitation o spaguetti western, cada uno de sus proyectos es una carta de amor a sus influencias y haria falta mucho aire para citar todos los tributos que rinde a sus maestros en las mismas. Pero este testimonio no se ha manifestado de una manera tan pasional como en Érase una vez en Hollywood. Aquí el director ha conseguido congelar el tiempo para situarnos en una época y lugar muy concretos, donde habitan la vida y muerte de la edad dorada del cine americano. El acercamiento sorprende por un estilo, emotividad y estructura inusuales en la filmografía del consagrado cineasta. Eso la convierte en una atípica incursión dentro de la colección tarantiniana, así como una de sus mejores.

Rick Dalton y Cliff Booth son la representación de una estrella de un tiempo único, aquella gente con la que se podrían cruzar Steve McQueen y Bruce Lee en su día a dia. Ambos personajes ficticios, por supuesto, aunque representativos del estereotipo hollywoodiense clásico. Pero guardan suficiente sustancia para quererlos incondicionalmente. Rick y Cliff viven sus vidas, ven la tele, ruedan y conducen a través de un Los Ángeles atemporal. Tanto Leonardo DiCaprio como Brad Pitt ofrecen dos de sus interpretaciones más memorables, llenando de matices a unos personajes que solo ellos podían encarnar. El primero se enfrenta a la actuación dentro de su actuación, triunfando por partida doble, mediante un personaje volátil, inseguro y adorable que merece un aplauso en cada una de sus escenas. Pitt disfruta de un papel que debería ser un icono de tipo duro cinematográfico desde ya, con un carisma para parar un tren. Verles desenvolverse en este mundo imaginario hace que vuelen las 2 horas y 50 minutos de duración, es una pena quedarse con ganas de más tiempo de los actores compartiendo pantalla.

Aquí el director de Tennesse encuentra espacio para llevar nuevas ideas a la mesa, si bien está desatado dentro de su universo particular. El autor evita guiarse por una trama, en su lugar abre una ventana a las idas y venidas de sus protagonistas durante el final de la dedada de los 60. En el contexto del movimiento hippie y en medio de la transformación de la industria cinematográfica no cabe plano que no vibre con energía y derroche estilo. El set de un western, una fiesta entre famosos, las carreteras de Los Ángeles con la música a todo volumen? Son los lugares donde nos lleva una cinta divertida, caótica y tremendamente nostálgica, que funciona como el alegato más sincero que ha hecho el director en toda su carrera. Haciendo gala de una rocambolesca mezcla de géneros(quizás prevalece la comedia), Erase una vez en Hollywood es una oda sin complejos a los sentimientos y emociones que sentimos ante la magia del mundo audiovisual. Con un reparto magnético, un guión como nos tiene acostumbrados y una selección musical grandiosa, Tarantino congela un tiempo en el que la simpleza y grandeza del viejo cine americano parecían no tener fin.

Pero es un cuento de Hollywood al fin y al cabo. Si hay alma y recordatorio agridulce de la realidad dentro esta particular visión, se encuentra en Sharon Tate. A ella también la acompañamos en escenas que se podrían tachar de irrelevantes, pero que resultan imprescindibles para transmitir el mensaje de una cinta que no atiende más al impulso que a la razón. Robbie se aleja del histrionismo de sus compañeros en su interpretación, llena de pequeños matices. No le hacen falta palabras para generar una empatía enorme con el espectador. Vemos a Sharon convertida en un símbolo de la vitalidad y la inocencia humanas en sí mismas, bailando y riendo como cualquiera. Se nota que Tarantino ha sido sumamente cuidadoso para llevar a la malograda actriz de vuelta a la vida, y junto a Robbie han conseguido un sentido homenaje a su figura.

Porque como he repetido de una manera u otra a lo largo de esta crítica, Erase una vez en Hollywood es el homenaje definitivo de Quentin Tarantino. No solo a sus héroes ni a un tiempo, sino también a su manera de hacer cine. Ninguno de sus anteriores trabajos ha hablado tanto de la personalidad del autor como el que nos ocupa, y contagiando al mismo tiempo todas esas emociones imposibles por las que amamos el séptimo arte. Gracias a Cliff, Rick y Sharon podemos mantener la esperanza de acudir a las salas y encontrar un final feliz, aunque sea en el cine.

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